Cuando estaba por irme llegó el viejito. Lo vi caminar con precaución, despacio, con pasos cortos. Calzaba botas toscas, como de minero, demasiado pesadas para ese cuerpo pequeñito. Su cara tenía una expresión muy viva, hermosa. Se le juntaban los labios como sucede en personas que ya no tienen dientes.
Era de llamar la atención la manera como veía todo. La plaza parecía suya, como si su vida hubiera transcurrido bajo ese cielo, sobre ese piso, entre aquellos edificios coloniales. Aquí tal vez, como lo hacían algunos niños a cuyo lado pasó, había jugado canicas de pequeño; aquí, sentado en alguna banca, le habría declarado su amor a una muchacha. Es posible que a esta plaza trajera hace muchos años a sus hijos, y luego a sus nietos. La plaza seguía igual y él había envejecido, pero ... ¿era así? ¿O era que la plaza tenía los años que él tenía? La plaza nació cuando él tuvo conciencia de ella, por lo tanto eran contemporáneos, ella era tan vieja como él, y también, como él, había visto días mejores o simplemente distintos. La plaza estaba cansada, porque él estaba cansado.
El anciano pasó frente a mí. Con la mano derecha se cercioraba de que estuviera cerrada la bragueta del pantalón y con la izquierda, de articulaciones deformadas, cargaba una mochila de plástico medio rota, grisácea. Buscó una banca vacía y fue hacía ella. Se sentó y colocó a su lado la mochila. A su derecha estaba el edificio que fue en otro tiempo la Escuela Nacional de Medicina, y mucho antes el Palacio de la Santa Inquisición. Frente a él, la fuente a la cual me encontraba yo sentado. Era un medio día otoñal. Veinticinco años atrás yo había mirado esa plaza con otros ojos. Era muy distinta y sin embargo era la misma. Entre la nostalgia del viejito y mi nostalgia, la única diferencia era de décadas. Para los dos la plaza tenía la misma edad, el mismo significado: sus años y los míos.
El portón abierto de la antigua Escuela de Medicina dio paso franco a mi imaginación. El patio estaba lleno de estudiantes y podía verme, jovencito, con un grueso tomo de anatomía bajo un brazo y con un hueso del cráneo en una mano. La vivencia era tan clara, que escuchaba la algarabía, las risas, las preguntas. Vi pasar a Aurora, la estudiante más hermosa de mi generación. ¿Qué cosas no vería la imaginación del viejito? Estaba viviendo sesenta, cincuenta, treinta años atrás. Tal vez él y yo nos cruzamos por aquí algún día, y el de hoy era un reencuentro. Dentro de cuarenta años, pensé, casi todos los que estábamos ese medio día en la plaza ya estaríamos muertos. ¿Alguno de los presentes estuvo aquí cuando el viejito tenía mi edad? ¿Alguno cuando yo cruzaba por la plaza como estudiante? La plaza de Santo Domingo era de todos, más de unos que de otros, y los años le traería nuevos dueños.
Frente al anciano pasó una pareja joven tomada de las manos. Aquél la siguió con la vista hasta que un perro viejo vino a echarse a su lado. Él lo vio, miró los ojos del animal y se inclinó para acariciarlo, le pasó una mano por el cuello, con ternura, y luego se la dejó lamer hasta que una paloma tornasolada, que picoteaba granos de arroz cerca de sus botas, llamó su atención.
El viejo abrió su mochila justo cuando el enorme reloj del templo marcó las doce horas. En ese momento sonaron las campanas de la catedral y docenas de palomas volaron en todas direcciones: del suelo a las cornisas, de los balcones a la fuente, de las bancas a las azoteas y al atrio de la iglesia.
Había gente por todas partes. Dos o tres boleros dando grasa. Un hombre vendiendo tacos de canasta, parejas, paseantes, mirones como yo. Atrás del viejito la calle repleta de camiones, ruidosa. El sol cayendo vertical por todas partes. El sol de siempre, pero no el mismo sol de todos. Más del viejito que de nadie. El perro viejo levantó las orejas, la cabeza, y ladró su inconformidad, sin muchas ganas, a un perrazo que se acercaba altivo, ágil y brioso. Sentado por ahí, con un libro entre las manos, un jovencito distraía de vez cuando su atención en la lectura para mirar la vida que bullía a su alrededor. Lo vi observarme y observar al anciano.
El viejito miró al perro y al perrazo, se encogió de hombros, sacó de su mochila un refresco y lo puso sobre el suelo, aprisionado entre sus botas. Extrajo un vaso grande de plástico, color rosa mexicano, lo colocó entre sus muslos y enseguida sacó una botella tipo ánfora, sin etiquetas, que contenía un líquido incoloro.
Yo no perdía un movimiento y él fijó en mis sus ojos. Le sostuve la mirada. Sin dejar de verme abrió el ánfora, la levantó hasta la altura de su cara. Por un momento tuve la impresión de que me invitaba, o de que quería decir alguna cosa. Tal vez mis cabellos entrecanos, y escasos, eran un vínculo entre los dos, algo que nos distinguía de los demás. ¿O era que él sabía que yo también evocaba recuerdos? Quitó de mi la vista y la centró en la botella, como cerciorándose del nivel de su contenido. Vertió una porción generosa del líquido en el vaso que seguían flanqueando sus muslos. Lo levantó, lo miró a contraluz y le añadió otro chorrito. Cerró la botella, extrajo de la mochila un destapador, abrió el refresco y llenó el vaso. Volvió a fijar en mí su atención al mismo tiempo que agitaba el vaso con movimientos circulares. Hizo un leve movimiento de cabeza que interpreté como saludo, y respondí de igual forma. Él sorbió una buena porción del preparado, lo tragó con avidez, hizo un gesto entre doloroso y placentero, abrió la boca, exhaló un "aaahhh" muy largo, y sonrió complacido. Nos mirábamos. ¿Le recordaba yo a alguien? ¿A él mismo años atrás? ¿Tuvo él en algún mediodía de otoño a un viejito como el mío? ¿Tendré alguna vez, si vivo tanto como él, a un cuarentón como el suyo?
En el segundo intento apuró la mitad de la bebida; miró al perro viejo, a mí, a la fuente, a las parejas. Movió los labios como quien habla solo o no tiene aliento para hablar fuerte, y se desabrochó todos los botones del suéter. Daba la impresión el viejito de sentirse dueño de la plaza; y en realidad lo era desde hacía mucho tiempo.
Eran las trece pasadas cuando me levanté. El viejito dormía plácidamente. Su cabeza estaba recostada sobre el hombro izquierdo; el cachete de ese lado, aplastado, se proyectaba hacia adelante abriendo y deformando la boca. Por ella babeaba el viejito y por ella se le escapaba un roncar moderado, tímido. El vaso rosa mexicano, vacío, estaba en su lugar entre los muslos. La botella de refresco seguía prisionera entre las botas. El ánfora se había roto un poco antes, ya sin contenido, cuando se abrió la mano que colgaba por el lado derecho de la banca. La mano izquierda y parte del antebrazo estaban dentro de la mochila abierta. Dormía contento el viejito, y seguramente soñaba. Soñar es algo que no nos quita el tiempo.
Crucé despacio la plaza, rumbo al Zócalo. El jovencito que leía muy atento me miró, hice un leve movimiento de cabeza, el correspondió de igual manera y continuó leyendo.
La plancha de concreto donde se reflejaba el sol, en la Plaza de la Constitución, parecía un espejo.
(Octubre, 1980)
Ricardo Perera Merino
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